El pato macho. Martina.
El amor es una flor bellísima que se recoge en el borde del precipicio
Stendhal
Roger cae en un charco inesperado. Se mira las piernas enlodadas. El enojo hace que pedalee su bicicleta con más energía y sube con facilidad la cuesta de la loma de tepetate poblada de nopaleras y mezquites; cuando alcanza la cima, en la hondonada del lado opuesto descubre una hacienda blanca como sus ansiedades. Ay, qué tiempos son estos, señor don Simón, tararea, y analoga con ironía el casco de la mansión campirana con una escenografía de las tandas de Cachirulo, telón que por alguna razón le viene a la memoria. La sonrisa se le borra de los labios cuando lee un letrero que prohíbe estar donde descansa con su bicicleta, y advierte que al sitio lo cuida una jauría de perros negros de hocico pardo. Unos ladridos lo ponen en marcha, más bien en fuga, y se traga a toda velocidad la vereda que se pierde entre los magueyes. Un burro rebuzna, a Roger le parece una carcajada. Y de pronto, tras un recodo del camino, al borde del precipicio, recostada en un césped onírico debajo de un sauce llorón cuyas ramas la acarician, rodeada por los holanes de su falda, descubre a Martina escuchando música en sus audífonos. Roger reconoce la emoción que lo recorre y un ácido le quema el esófago. Las nubes panzonas que dan los volúmenes, los aromas densos que inundan el campo y el color casi ateniense del cielo le recuerdan un lienzo del doctor Atl, y para distraer la desesperación de saberse de nuevo enamorado, trata de recordar el título, pero no puede. De nuevo ha olvidado todo. A su vez, Martina descubre su presencia, le mira las piernas con sorna, le sonríe como si lo conociera de varias vidas atrás, y como una gata que se despereza de su ensueño, se quita los audífonos; y a Roger se le para.
De rodillas, Martina besa el ombligo del hombre. Sus miradas sudan mientras se enlazan en la media distancia. “Qué peludote”. La mujer lame el vello que se proyecta hacia todas partes mientras se pellizca los pezones. El hombre le mira la rugosidad de sus aureolas, imagina que naricea su textura y se excita terriblemente. Martina se da un respiro y suspirando clava sus ojos verdes en los negros de Roger. Qué beso tan largo sin que sus bocas se toquen. Martina lentamente desabrocha el cinturón y abre la cremallera. Polifemo salta mitológicamente y en el ojo un diamante. Martina abre la boca y Roger descansa en su lengua. Le acaricia la nuca. “Vas a ser mi perra.” Martina, húmedos los ojos por el esfuerzo de mantener la lengua dura, asiente. “Y una perra obediente y presta a satisfacer a su macho”. Martina deja escapar un gruñidito humilde. Tomándola del pelo como si fuera la cola de una yegua, Roger la penetra por la boca un tanto salvajemente, eyacula y antes de haber terminado del todo se hinca para mirar a los ojos a su amada. “Martina, no me lo cobres luego.” Y ella le lame las lágrimas y ambos se comen las lenguas.
Roger no da crédito a lo que está pasando. Martina se ha vuelto loca. Lo cabalga como una posesa y babea como rabiosa. Y lo mejor de lo mejor es que él acaba de descubrir que su mujer es capaz de cambiar de máscaras con la misma rapidez y naturalidad con las que una máquina Ferrari hace los cambios de velocidades. Algo así, compara, como fornicar con cinco mujeres al mismo tiempo y pasar de segunda a quinta y de tercera a primera sin tronar la caja y sin lastimar los sentimientos de la cuarta, si la ignora. La sorpresa lo tiene feliz, cuando Martina hace el amor le afloran múltiples alter egos interconectados. Le da una bofetada, “quiero que te duela”. Y Martina se deja caer con fuerza y se queja con un aullido, “me duele papi, no por favor, me lastimas”. Le saltan las lágrimas y un relámpago de dolor, de ese que de veras asusta, le cruza la cara y los ojos le estallan. “Déjame zafarme, por favor no, duele mucho papi” e implora que la deje ir, que ya no la obligue, mas ella se clava sola, sin piedad, con energía diabólica. Otra bofetada, “ahora goza como una ramera”. En un instante, del dolor sadeano que experimentaba se yergue magreándose los senos, borracha, su lengua se mueve con la misma lubricidad con que exhibían las suyas las cortesanas del templo de Baal y le comienza a hacer un trabajito a su macho, quien ahora pide piedad pues siente que revienta. Con las piernas en ve capitular, Martina clama, “goza, rey, goza. Tienes una vergota tan rica y caliente. Mueve tu nabo dentro de mí, rey, haz que me venga en cascada, entiérramela toda.” Y el cabeceo hace que su baba le escurra más larga y se le enrede en el cabello como una telaraña, ya moquea y los ojos son los de Lilith y de nuevo el pecado del fornicio lleva a Roger al orgasmo. Pero nuestro héroe no ceja ni baja la cabeza, al contrario, presto y apuesto entra en la boca donde es amo y señor y con otra bofetada le ordena a su mujer: “canta”. Y aferrada al mástil, Martina alcanza notas que ni la Tebaldi soñó que pudieran emitirse, Roger tiene que usar tapones de cera para que aquesta sirena no le reviente los tímpanos. Los colores que armoniza esa garganta, la melodía que acuna ese cuello, calman al león y hacen que se adormezca por un instante. Pero la pirueta traviesa de una lengua, le trae de nuevo a este mundo. Un nuevo cachete y una ocurrencia pasajera: “eres una beata en éxtasis”, la mujer se abandona y cae en un trance profundo, además, la máscara inédita hace que Martina salive pavlovianamente, casi un Orinoco. Aferrada a la carne de su amado, el cuerpo de Martina quiere desprenderse, ya levita pero Roger la domina y se acomoda detrás de su querida. Los fluidos gotean, las palabras toman el control del acto, “las colas lanceoladas de los diablos, los rizos ambarinos de los ángeles, las lengua de fuego de la espada, los tronos que originan el pecado, los ejércitos desbandados de las potencias ebrias... ay mi dios, qué hice yo para perderte, del abismo, señor, sálvanos... in hac lachrymorum, Roger, in hac valle.”
Luego se levanta un muro de tristeza. Y la soledad comienza de nuevo a invadir la vida de ambos, como un largo atardecer de verano. Pasan meses juntos, amándose y perdiéndose en cada abrazo. El amor es sólo un instante del día, muy temprano por la mañana, cuando aún se duerme o la razón apenas comienza a despabilar el sueño. Luego viene la novela, porque después de esos momentos luminosos ya todo es memoria, un esfuerzo inútil de recuperar lo que casi fue real; entonces pisamos el terreno de la poesía en un intento patético por revivir un cadáver, un verdadero cadáver exquisito. ©


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