lunes, septiembre 04, 2006

El pato macho 4. ADO Reprise.


Antes de conocer a Martina, Roger estuvo liado con Sasha, una culichi que lo tuvo muy entretenido durante algunos años. Ella hizo con él lo que quiso y Roger feliz, hasta que la norteñita descubrió el potencial erótico del yoga. Como nuestro amigo nunca quizo aprender la técnica hindú, Sasha, sin piedad alguna, lo cambió por otro a quien los bija mantras sí le excitaban en la cama.
Con su orgullo de pato macho todo roto, Roger decidió tomarse unas vacaciones y pensó en ir a Oaxaca, donde alguna vez entendió que México no era meras imaginaciones imposibles sino una suma de voluntades tan vivas como la suya y, sobre todo, que el mundo no se había creado cuando él nació. Desde entonces, la historia y la costumbre lo conformaban en la misma medida que los propósitos inacabados y los objetivos concretos, todos bajo un mismo nombre.
Tomó un autobús a la capital oaxaqueña como en sus días de universitario cuando a la menor provocación se iba a San Lázaro y de ahí a la costa, al itsmo o a los valles centrales. Eran los días en que tarareaba como su epígrafe diario la rola ADO de Three souls in my mind. Durante años recorrió el estado, arrogándose un derecho de pertenencia que decía le otorgaba tener dos abuelos nacidos en esa tierra. Sabía que tenía familia en la capital, pero nunca la visitó.
A no ser que esté muy enamorado, Roger prefiere viajar solo, aunque durante el viaje extrañe mucho a todo el mundo. Y así fue este diciembre pasado. Sin Sasha e inseguro, Roger se dijo Oaxaca, y por supuesto no pensó en tomar un avión ni en irse en su taurus: ADO, obviamente.
En el camión le tocó que un cardiólogo se sentara en el lugar contiguo (su profesión la supo porque el hombrecillo abordó el vehículo sosteniendo una conversación telefónica explícitamente autobiográfica). Al principio se cayeron mal, por culpa de Roger que estaba irritable como consecuencia de una cruda de cocaína, pero también, hemos de ser justos, porque el doctor cooperó con su impertinencia a fomentar la guerra fría. Como Roger no estabeció "una química inmediata" con el médico se puso sus ipod y se sumió en sus dolores, bufando de vez en cuando para evidenciar su incomodidad.
Cuando llegaron a Tehuacán las cosas cambiaron. El doctor comentó en voz alta la belleza primigenia de aquel valle y acto seguido le preguntó a bocajarro a su vecino qué pensaba de la piratería. Roger se encantó con el tema: "¿Se refiere usted a la que se llevaba a cabo desde Mompracem o la tepiteña de hoy en día?", preguntó enseñando los colmillos. El cardiólogo sacó de su bosillo una pachita con whisky: "¿Sabía usted que Salgari se abrió el vientre con un cuchillo? Como Mishima. Pero dejemos a los suicidas para después, porque antes me gustaría saber qué piensa usted de un hombre que acaba de comprar 50 películas pirata". Hablaron de economía y moral y otras cuestiones que el whisky fue enlazando.
El doctor lo puso al corriente del chisme político oaxaqueño: los abusos de Murat, sobre todo después del autoatentado, habían colmado la paciencia local y la imposición de Ulises había llevado las cosas al punto de la revuelta. "Le robaron a Gabino la elección en nuestras narices. A los muy cabrones quesque también se les cayó el sistema, pero al mismo tiempo igual se les cayó el teatrito. Usted nomás acuérdese de mí... esto apenas comienza". Compartieron el último trago de whisky y antes de bajar del transporte, el galeno le contó que el gobernador Ruiz había mandado talar algunos árboles del jardín central. Roger tuvo un acceso de gastritis súbito. Antes de ir a su hotel, fue a la alameda a comprobar los daños pero entre tanto árbol no distinguió la diferencia, pero eso no hizo las cosas distintas.