El pato macho 8. El Cajón I
Federico Schroeder chocó su vaso largo con Chivas y soda con el de Roger, old fashion con el mismo whisky y dos hielos. "Le tengo una sorpresa para mañana, nos vemos en el helipuerto a las ocho". Era un juebebes, habían visto una película de Anthony Hopkins y Brad Pitt con los otros ingenieros residentes en la presa en el salón de billar de la casa de visitas y ahora la conversación giraba alrededor de las campañas de los candidatos a la presidencia de la república. Roger escuchaba a los demás y trataba de intervenir lo menos, pues su visión del asunto había cambiado por completo desde que, al tiempo que visitaba semanalmente el sitio de la construcción de la presa hidroeléctrica El Cajón en Nayarit, encargado de redactar el esqueleto del texto del libro que glosaría la magna obra de ingeniería, por otro contrato editorial viajaba con el candidato panista Felipe Calderón por el norte del país con la comisión de escribir su biografía, asunto que lo tenía shockado porque sus preferencias políticas apuntaban hacia otra arista de la rosa de los vientos, but business are business, se dijo con neoliberalidad cuando supo el monto del contrato y calibró la oportunidad histórica.
El ingeniero Schroeder, residente general en la construcción de la hidroeléctrica, le simpatizó a Roger desde la primera entrevista y aún más desde que se enteró de que su padre fue Federico S. Inclán, autor de piezas que a nuestro amigo le parecían deliciosas (Hoy invita la Guera o Cada noche muere Julieta), y el ingeniero contribuyó con su personalidad fuerte y agradable a cimentar esa percepción primera que le había causado. "A las ocho, no lo olvide", le dijo cuando se despidieron.
Roger todavía salió a dar una vuelta por los alrededores de la casa de visitas para fumar un cigarro de mariguana; el cielo estrellado de la sierra y el viento caliente que soplaba por el cañón del río Santiago potenciaron la fuerza de la cannabis nayarita, la famosa cola de borrego. Busco un sitio seguro donde sentarse para no disturbar la morada de algún alacrán u otro bicho de ocho patas y se sumergió en sus mediataciones, que empezaba a tener como tema único el de la situación en que se encontraba México. Ante sus ojos se desplegaba futurista la presa en construcción, le parecía una escenografía propia para George Lucas, su ruido extraño, como de Periférico al mediodía, rompía el silencio de la noche serrana. En eso volteó a su derecha y descubrió a un metro de distancia a un tlacuache observándolo con sus ojillos saltones como capulines. Durante unos segundos, el animalillo lo estudió sin miedo, con curiosidad científica, luego olisqueó el aire con gesto despectivo y, moviéndose como un barco en mar agitada, se perdió entre las espinas de los matorrales. "Tierra de nahuales", sonrió Roger. "Ahora ya tengo el mío".


0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home