domingo, octubre 15, 2006

El pato macho 10. El Cajón II

Roger y Lars, el fotógrafo, se miraron entre sí con cara de niños que acaban de recibir un regalo sorpresa, y eso precisamente era lo que tenían en sus manos. Alguien había tocado a la puerta del cuarto de Lars, el fotógrafo, en la casa de visitas de la P. H. El Cajón, mientras ambos revisaban el trabajo que habían hecho durante el día. Cuando Roger abrió, sólo encontró un sobre amarillo tamaño esquela sin rótulo y sin sello y en su interior una batería duracell tipo A, de las grandes.
Lars, el fotógrafo, y él sabían lo que significaba una batería de esas. La razón de su cara de incrédula alegría era porque pocas horas antes, X, del SUTERM, les había contado, entre otras historias bizarras que hacieron que Roger salivara pavlovianamente, la forma en como se contrabandeaba el opio en la sierra nayarita. Una vez cosechada y comprimida, la goma era embalada dentro de las baterías y transportada discretamente escondida en los cinturones de los arrieros que todos los días bajan con sus recuas de mulas por los vericuetos de la sierra madre a vender enseres cotidianos, algún ganado, legumbres y ciruelos a Jala o a Ixtlán, a la usanza decimonónica, que además es el tiempo que viven muchas comunidades de la zona. Tal es la marginación que abunda en este El País de la Desigualdad.
Las visitas a Nayarit habían sensibilizado a Roger porque atestiguaba lo que es y como se vive la exclusión. Le impresionó mucho ver como, por ejemplo, en una de las comunidades serranas que visitó, los niños limpiaban y empaquetaban tremendas y esmeraldinas "colas" de mariguana, en el interior del salón de clases, mientras su profesora les contaba la historia del cora Manuel Lozada, el tigre de Álica, nahual, contrabandista, sicario y cómplice de la casa Barrón, quién había terminado con la dependencia que tenía el territorio de Nayarit con Jalisco para llevarlo a ser uno más de los estados de la federación. También había recorrido en helicóptero muchos de los cuatro mil y tantos kilómetros cuadrados del municipio de La Yesca en compañía de su presidenta municipal, la guapísima e inteligente Licho Reyes, comprobando que aunada a su geografía gordiana, la carencia de medios y la imposibilidad de adquirir una infraestructura adecuada, condenaba a ese agreste y majestuoso municipio al atraso, casi per sécula seculorum. Tal vez El Cajón, y todo el sistema hidroeléctrico proyectado para los próximos cincuenta años sobre el río Santiago, contribuyera a hacer la diferencia. El escepticismo de Roger en cierto momento chocó con el optimismo de Licho, y nuestro amigo, política y caballerosamente, mejor calló. La cabecera municipal, de ígneo nombre La Yesca, un pueblo de los más hermosos que hubiera conocido Roger, con toda el potencial escénico y arquitectónico para ser un Taxco, un Guanajuato, un Jerez, ya de perdida un mentido y contrastante San Cristóbal el hermoso, quedaba a más de cinco horas por caminos de terracerías desde la ciudad de Guadalajara, así que sólo los aventureros con nalgas de supermán aguantan el trayecto sin descoyuntarse... o también aquellos quienes tengan avioneta o helicóptero, que son los muchísimo menos en cualquier parte de este país, casi ninguno volamos con alas propias a no ser en sueños, y en esa zona quienes usan estos medios de transporte son los funcionarios gubernamentales o los narcotraficantes. Y vaya usted a saber.
Era la época en que Roger andaba enculado, y disculpen, lectobloggers, la expresión, pero estaba superlativamente más que ello, iba por la vida enculadísimo de Martina, superapendejado. Y Martina de él, obvio, pero ella muy a su modo. Y el modo de ciertas y de todas las mujeres así como es gozoso en otras circunstancias es cruel. Y vaya si Roger lo sabía; en lo poco que le quedaba de alma, aún tenía marcas de los golpes de desamor que le habían propinado tantas mujeres, pero sobre todo Tristana, y lo de Tristana había ocurrido ya bastantes años atrás. Tristana...
Roger tuvo un "opium flash back" tan vívido que hasta olió a ives saint laurent. Lars, el fotógrafo, había desaparecido; El Vikingo estaba fuera de su rango de onda. Roger miraba la pared que hacía de pantalla. El nombre de Tristana había cobrado forma cuando salió de sus labios, la palabra: ella tal y como él la almacenaba Roger en su memoria. Un signo con esa sonoridad dental oclusiva sonora y rimbombante tan claro como una caligrafía japonesa en fino papel de arroz o como un poema sufí en estucado persa: letras al abandono y al mismo tiempo el número que le corresponde al trono de D en el gobierno de la tierra. Se levantó de la cama donde estaba alucinando y salió a la oscuridad de la sierra. Pura risa. Y de pronto adiós Tristana y el nombre de Martina se volvió canción:
L'amour est un oiseau rebelle
...
L'amour! l'amour! l'amour! l'amour!
...
L'oiseau que tu croyais surprendre
battit de l'aile et s'envola...
Tout autour de toi, vite, vite,
il vient, s'en va, puis il revient ...
tu crois le tenir, il t'évite,
tu crois l'éviter, il te tient...
L'amour! l'amour!, lamour, l'amour!
Y Roger alcanzó tesitura de soprano y con las neuronas atascadas de opio, se perdió entre los zarzales cantado la Habanera de Bizet bajo la noche serrana. Luego se avergonzaría sí mismo por haber sido tamaño maricón. Pero este es uno de los infinitos y misterious ways of the intoxication, y más de la intoxication que provoca el néctar negro de la amapola: un yo no fui pero así soy y un quítate las pajas que ahí te voy.