lunes, septiembre 18, 2006

El pato macho 7. Roger y su demiurgo


El lunes Roger despertó con una jaqueca que le relampagueaba de ceja a quijada a ceja y vuelta abajo con uno de sus vértices restallantes en el colmillo derecho. No sabía el origen cierto de la cefalea, mas podía adjudicárselo a los excesos de las noches anteriores que había pasado celebrando las independencias latinoamericanas con su antiguo cómplice en la asesoría financiera a narcotraficantes, Christian, a quien le dijo al despedirse: "Si México y Venezuela entran en guerra, iré a matarte con un machete, maldito chavista soñador", a lo que el venezolano contestó: "me chupas la pinga, bucanero de pacotilla". Y cuando Roger se quedó solo, volteó los ojos al cielo como si suplicara a su autor que lo dejara salir del blog para ir a hacer negocios sucios justo ahora que nuevamente se agitaban los lodos internacionales pero, en la misma forma que Judas Macabeo, tuvo que contenerse porque se le necesitaba en los asuntos domésticos.
Septiembre estaba a la mitad de sus semanas y todo lo inédito había sucedido en México. Ese lunes de la jaqueca, el país se despertó con la nueva de que tenía tres presidentes; ni en los mejores sainetes santanistas la res pública y sus vaqueros se habían comportado tan cómicamente cerriles, pero en medio de la confusión en los back stages de la política, se vislumbraba la posibilidad de que las cosas tuvieran un término más que beneficioso. "Es tan absurda la forma en como sucede lo inevitable que el curso de los acontecimientos parece haber entrado en una caverna. Sin embargo, no me cabe duda que todo transcurrirá como lo comentamos, esto es, muy pronto de nuevo lo mismo seguirá imperando. Pero no hay que olvidar que Godot puede escupir pa'rriba y su gargajo caernos en la cara", escribió, intentando ser críptico, en la palm que siempre carga consigo cuando sale en la bicicleta, y con la idea de enviar a su autor ese texto por correo electrónico.
Después de Martina y el episodio oaxaqueño, su retorno a la vida normal que le había impuesto su autor, es decir, fuera de las actividades criminales que ejerció en narraciones anteriores, inició con dos sucesos paralelos, para él significativos en cuanto estarían relacionados con lo que iba a pasar en el país más tarde. El primero que se cuenta, lo puso cara a cara con la pobreza extrema. No que la ignorara o que hubiera sido inconciente de su realidad (como algunos en su círculo de amistades), sino que esta ocasión se le ablandó el corazón en forma tal que su mismo autor se preocupó de tan constrito que le vio después de aquel episodio.