martes, septiembre 19, 2006

El pato macho 9. Los viejos huicholes


Desde hace muchos años, Roger tiene una luna que llora peyotes colgada en una pared de su casa. Está hecha con estambres de colores pegados con brea sobre una placa de madera. La firma es de Refugio González, marakame y amigo suyo. Estas pinturas de estambre las realizan los artistas huicholes y se llaman nierikas, y Roger estima la suya como si fuera una Mona Lisa: ciertamente la obra destila una melancolía muy emparentada con el agua. Siendo como es, displiscente y mamón, Roger puede gustar del arte huichol pero no del londinense, despreciar a Watteau, querer a Rothko y a Picasso, cagarse en Diego y en su Frida, amar a Rugendas con locura, burlarse del Canaletto y por Cuevas sentir lo que siente en sus crudas, y extrañamente idolatrar a Leonardo, cuya contemplación en las láminas de un libro, siempre la acompaña de alguna pasión de Bach (y un XO que reserva para ocasiones similares). Para mayores datos sobre sus gustos plásticos, siempre tiene algún Goeritz en el protector de pantalla de su computadora portátil, "el hombre pintó los mejores paisajes de la ciudad de México", afirma.
Doscientos metros más abajo de la Mesa de Yeguas, metros arriba de un playón del río Santiago, está la Mesa de Venados, donde viven doña Juana de la Cruz y su esposo don Francisco. Entreambos suman muchísimas décadas, no saben precisar cuántas. "Yo nací antes del treinta, así que he de tener como cincuenta años", dice don Francisco enseñando los huecos de sus encías.
No es de extrañar que le fallen las sumas, pues si hoy los niños de la Mesa de Yeguas una vez al mes reciben el favor de la visita del maestro, antes del año treinta del siglo pasado, "uta", exclama Roger para sí imaginando lo que debieron ser esas soledades en aquellos años, "estos abuelos seguro vieron inventarse el cero". Roger escucha sin dar crédito de la distancia que lo separa de la anciana huichol; mientras mastica una vaina de guaje le platica al citadino algo que por hiperreal le parece inverosímil.
Una vez al mes, Juana de la Cruz toma sus bártulos, que no son muchos, y se encamina a pie a El Buruato, donde recoge y cobra un cheque de doscientos pesos del programa Oportunidades, eso cuando el cheque llegó y no tiene que regresar otro día, tal vez hasta el mes siguiente. El viaje desde la Mesa de Venados hasta El Buruato dura un día, y otro de regreso, que Juana de la Cruz a sus ochenta años recorre sin quejarse pues está acostumbrada a bajar por cañadas y breñales y a subir cuestas que las mismas cabras encuentran imposibles. Pero desde hace unos meses dice que ya se siente cansada. Además, en las dos ocasiones últimas le robaron su dinero, una saliendo del pueblo donde cobra su pensión, y otra en su propia casa: "Algún huichol joven que necesitaba con qué ir a emborracharse a Santa María del Oro. Mi esposo ya no me acompaña hasta El Buruato", dice señalando al anciano que dormita bajo la enramada, "porque sus piernas ya están muy débiles", aunque a Roger le parecen ramas de guanacaste. "Me espera en Cantiles en casa de su sobrino, y ya de ahí nos regresamos juntos." Mesa de Cantiles queda a mitad del camino a El Buruato, así que las piernas de don Francisco no son tan débiles como asegura su esposa, Roger piensa que él no aguantaría la caminata, y menos una vez al mes. Los huicholes no sólo tienen las piernas fuertes, sino también el corazón, cuyo tamaño es el de la sierra madre.
Juana de la Cruz y Francisco han decidido morirse. "Ya es hora de dejar el mundo a los más fuertes", le dijo Francisco recién llegado Roger. Juana sigue masticando guaje (Roger se pregunta si no será un gajo de peyote) y prepara una limonada. "Al rato lo llevo a la cueva, pa'que conozca donde nos vamos a morir él y yo, los dos juntos" y vuelve a mirar a su marido con ternura.
Esta era la sorpresa de Federico Schroeder. Los ancianos huicholes se querían dejar morir para lo cual habían ido a la Mesa de Venados, deshabitada hacía mucho tiempo, porque cerca del sitio hay (o había) una cueva donde acostumbraban retirarse los ancianos huicholes cuando sentían la cercanía de la muerte, y ahora representaban un problema para los ingenieros de la Presa El Cajón, pues la Mesa de Venados quedaría inundada por el embalse en breve.

Uno de ellos morirá por picadura de alacrán

El mes más cruel

El pato macho 8. El Cajón I


Federico Schroeder chocó su vaso largo con Chivas y soda con el de Roger, old fashion con el mismo whisky y dos hielos. "Le tengo una sorpresa para mañana, nos vemos en el helipuerto a las ocho". Era un juebebes, habían visto una película de Anthony Hopkins y Brad Pitt con los otros ingenieros residentes en la presa en el salón de billar de la casa de visitas y ahora la conversación giraba alrededor de las campañas de los candidatos a la presidencia de la república. Roger escuchaba a los demás y trataba de intervenir lo menos, pues su visión del asunto había cambiado por completo desde que, al tiempo que visitaba semanalmente el sitio de la construcción de la presa hidroeléctrica El Cajón en Nayarit, encargado de redactar el esqueleto del texto del libro que glosaría la magna obra de ingeniería, por otro contrato editorial viajaba con el candidato panista Felipe Calderón por el norte del país con la comisión de escribir su biografía, asunto que lo tenía shockado porque sus preferencias políticas apuntaban hacia otra arista de la rosa de los vientos, but business are business, se dijo con neoliberalidad cuando supo el monto del contrato y calibró la oportunidad histórica.
El ingeniero Schroeder, residente general en la construcción de la hidroeléctrica, le simpatizó a Roger desde la primera entrevista y aún más desde que se enteró de que su padre fue Federico S. Inclán, autor de piezas que a nuestro amigo le parecían deliciosas (Hoy invita la Guera o Cada noche muere Julieta), y el ingeniero contribuyó con su personalidad fuerte y agradable a cimentar esa percepción primera que le había causado. "A las ocho, no lo olvide", le dijo cuando se despidieron.
Roger todavía salió a dar una vuelta por los alrededores de la casa de visitas para fumar un cigarro de mariguana; el cielo estrellado de la sierra y el viento caliente que soplaba por el cañón del río Santiago potenciaron la fuerza de la cannabis nayarita, la famosa cola de borrego. Busco un sitio seguro donde sentarse para no disturbar la morada de algún alacrán u otro bicho de ocho patas y se sumergió en sus mediataciones, que empezaba a tener como tema único el de la situación en que se encontraba México. Ante sus ojos se desplegaba futurista la presa en construcción, le parecía una escenografía propia para George Lucas, su ruido extraño, como de Periférico al mediodía, rompía el silencio de la noche serrana. En eso volteó a su derecha y descubrió a un metro de distancia a un tlacuache observándolo con sus ojillos saltones como capulines. Durante unos segundos, el animalillo lo estudió sin miedo, con curiosidad científica, luego olisqueó el aire con gesto despectivo y, moviéndose como un barco en mar agitada, se perdió entre las espinas de los matorrales. "Tierra de nahuales", sonrió Roger. "Ahora ya tengo el mío".

El calihuey de Mesa de Cantiles

Mesa de Yeguas