El pato macho 9. Los viejos huicholes

Desde hace muchos años, Roger tiene una luna que llora peyotes colgada en una pared de su casa. Está hecha con estambres de colores pegados con brea sobre una placa de madera. La firma es de Refugio González, marakame y amigo suyo. Estas pinturas de estambre las realizan los artistas huicholes y se llaman nierikas, y Roger estima la suya como si fuera una Mona Lisa: ciertamente la obra destila una melancolía muy emparentada con el agua. Siendo como es, displiscente y mamón, Roger puede gustar del arte huichol pero no del londinense, despreciar a Watteau, querer a Rothko y a Picasso, cagarse en Diego y en su Frida, amar a Rugendas con locura, burlarse del Canaletto y por Cuevas sentir lo que siente en sus crudas, y extrañamente idolatrar a Leonardo, cuya contemplación en las láminas de un libro, siempre la acompaña de alguna pasión de Bach (y un XO que reserva para ocasiones similares). Para mayores datos sobre sus gustos plásticos, siempre tiene algún Goeritz en el protector de pantalla de su computadora portátil, "el hombre pintó los mejores paisajes de la ciudad de México", afirma.
Doscientos metros más abajo de la Mesa de Yeguas, metros arriba de un playón del río Santiago, está la Mesa de Venados, donde viven doña Juana de la Cruz y su esposo don Francisco. Entreambos suman muchísimas décadas, no saben precisar cuántas. "Yo nací antes del treinta, así que he de tener como cincuenta años", dice don Francisco enseñando los huecos de sus encías.
No es de extrañar que le fallen las sumas, pues si hoy los niños de la Mesa de Yeguas una vez al mes reciben el favor de la visita del maestro, antes del año treinta del siglo pasado, "uta", exclama Roger para sí imaginando lo que debieron ser esas soledades en aquellos años, "estos abuelos seguro vieron inventarse el cero". Roger escucha sin dar crédito de la distancia que lo separa de la anciana huichol; mientras mastica una vaina de guaje le platica al citadino algo que por hiperreal le parece inverosímil.
Una vez al mes, Juana de la Cruz toma sus bártulos, que no son muchos, y se encamina a pie a El Buruato, donde recoge y cobra un cheque de doscientos pesos del programa Oportunidades, eso cuando el cheque llegó y no tiene que regresar otro día, tal vez hasta el mes siguiente. El viaje desde la Mesa de Venados hasta El Buruato dura un día, y otro de regreso, que Juana de la Cruz a sus ochenta años recorre sin quejarse pues está acostumbrada a bajar por cañadas y breñales y a subir cuestas que las mismas cabras encuentran imposibles. Pero desde hace unos meses dice que ya se siente cansada. Además, en las dos ocasiones últimas le robaron su dinero, una saliendo del pueblo donde cobra su pensión, y otra en su propia casa: "Algún huichol joven que necesitaba con qué ir a emborracharse a Santa María del Oro. Mi esposo ya no me acompaña hasta El Buruato", dice señalando al anciano que dormita bajo la enramada, "porque sus piernas ya están muy débiles", aunque a Roger le parecen ramas de guanacaste. "Me espera en Cantiles en casa de su sobrino, y ya de ahí nos regresamos juntos." Mesa de Cantiles queda a mitad del camino a El Buruato, así que las piernas de don Francisco no son tan débiles como asegura su esposa, Roger piensa que él no aguantaría la caminata, y menos una vez al mes. Los huicholes no sólo tienen las piernas fuertes, sino también el corazón, cuyo tamaño es el de la sierra madre.
Juana de la Cruz y Francisco han decidido morirse. "Ya es hora de dejar el mundo a los más fuertes", le dijo Francisco recién llegado Roger. Juana sigue masticando guaje (Roger se pregunta si no será un gajo de peyote) y prepara una limonada. "Al rato lo llevo a la cueva, pa'que conozca donde nos vamos a morir él y yo, los dos juntos" y vuelve a mirar a su marido con ternura.
Esta era la sorpresa de Federico Schroeder. Los ancianos huicholes se querían dejar morir para lo cual habían ido a la Mesa de Venados, deshabitada hacía mucho tiempo, porque cerca del sitio hay (o había) una cueva donde acostumbraban retirarse los ancianos huicholes cuando sentían la cercanía de la muerte, y ahora representaban un problema para los ingenieros de la Presa El Cajón, pues la Mesa de Venados quedaría inundada por el embalse en breve.





